Hay una conversación que el mundo del liderazgo todavía no está teniendo con suficiente seriedad. No es sobre productividad, ni sobre transformación digital, ni sobre el futuro del trabajo. Es sobre lo que le está pasando al órgano que toma todas las decisiones — mientras sus dueños lo descargan, lo fragmentan y lo hiperestimulan: el cerebro.

Juan acaba de cumplir 50 años. Dirige un equipo de 80 personas, toma decisiones de millones de dólares antes del mediodía y gestiona tres aplicaciones de inteligencia artificial que, según él, le han devuelto dos horas al día. En la última revisión médica, su colesterol estaba en el límite. Duerme seis horas. No recuerda la última vez que escribió un correo electrónico largo sin ayuda. Cuando tiene que tomar una decisión sobre un problema complejo, su primer movimiento es abrir una pantalla.

Su cerebro está funcionando. Pero no está siendo optimizado, se esta condicionando para la dependencia de la IA.

Hay una conversación que el mundo del liderazgo todavía no está teniendo con suficiente seriedad. No es sobre productividad, ni sobre transformación digital, ni sobre el futuro del trabajo. Es sobre lo que le está pasando al órgano que toma todas las decisiones — mientras sus dueños lo descargan, lo fragmentan y lo hiperestimulan.

En julio de 2024, la Comisión Lancet sobre Prevención de la Demencia publicó su informe de actualización — el documento de referencia mundial en la materia, elaborado por decenas de investigadores durante años. Su conclusión central: aproximadamente el 45% de los casos de demencia son potencialmente prevenibles si se abordan catorce factores de riesgo modificables a lo largo del curso de vida. No es genética. No es destino. Son hábitos. Y la mayor parte de ese comportamiento ocurre exactamente en la etapa más productiva de un líder: entre los cuarenta y los sesenta y cinco años.

La lista de factores incluye los esperados — inactividad física, hipertensión, obesidad, tabaquismo, depresión no tratada, aislamiento social. El informe 2024 incorporó además dos factores nuevos que sorprendieron a la comunidad científica: la pérdida de visión no corregida y el colesterol LDL elevado. Ambos silenciosos. Los dos presentes en la agenda médica de miles de ejecutivos sin que nadie los haya conectado todavía con el rendimiento cognitivo de largo plazo.

Pero hay un factor que la Comisión Lancet no pudo incluir en su informe — porque la evidencia llegó después.

En junio de 2025, el MIT Media Lab publicó los resultados preliminares de un estudio de cuatro meses sobre lo que ocurre en el cerebro cuando se usa inteligencia artificial de forma sostenida. La conectividad cerebral se redujo de forma sistemática en función del nivel de apoyo externo: el grupo que trabajó únicamente con su cerebro exhibió las redes más fuertes y amplias, el grupo que usó motor de búsqueda mostró un compromiso intermedio, y la asistencia de IA generó el acoplamiento neural más débil.

El mecanismo es conocido en neurociencia cognitiva: cognitive offloading. Cada vez que una persona transfiere a la tecnología una tarea de memoria o de resolución de problemas que antes realizaba su cerebro, reduce el esfuerzo cognitivo que ese proceso requería. La IA en dosis controladas libera capacidad mental para tareas más complejas. En dosis crónicas produce lo que los investigadores del MIT denominaron deuda cognitiva: una reducción acumulada en la capacidad de pensar de forma independiente que persiste incluso cuando se deja de usar la herramienta.

Los participantes que usaron IA de forma exclusiva completaron sus tareas con mayor rapidez — pero mostraron menor conectividad cerebral, menor retención de memoria y una sensación decreciente de autoría sobre su propio trabajo. Y cuando dejaron de usar la herramienta, los efectos no desaparecieron: el cerebro, fuera de forma, no retoma el control con la misma facilidad con que lo cedió.

Vale aclarar: el estudio del MIT es un preprint, todavía en proceso de revisión por pares. Sus conclusiones deben leerse como evidencia preliminar, no como veredicto definitivo. Pero apuntan en la misma dirección que décadas de investigación en neurociencia cognitiva: el cerebro es un órgano que se fortalece con el uso y se atrofia con la baja actividad. No hay eficiencia que compense ese principio biológico.

La pregunta, entonces, no es si usar inteligencia artificial está bien o mal. Es qué actividades le pertenecen al cerebro — y cuáles puede ceder sin costo.

Un líder que delega a la IA la redacción de todos sus correos, el análisis de todos sus datos y la síntesis de todas sus lecturas no está siendo más estratégico. Está siendo más rápido a corto plazo, y potencialmente más frágil a largo plazo. La corteza prefrontal — sede del juicio, la toma de decisiones y el pensamiento estratégico — no se mantiene en forma observando cómo trabaja un algoritmo. Se mantiene en forma trabajando, analizando, comparando y decidiendo.

El master plan anti declive cognitivo para el líder que vive en la IA no es una dieta digital ni un manifiesto contra la tecnología. Es un protocolo de seis pilares, cada uno respaldado por evidencia y diseñado para preservar el activo que ninguna herramienta puede reemplazar: tu capital cerebral.

Movimiento físico sostenido. La actividad física regular mejora la función ejecutiva, la memoria y la velocidad de procesamiento — incluso en personas con deterioro leve o riesgo genético. No es un beneficio colateral del ejercicio. Es su efecto más documentado sobre el cerebro. Y no se trata de prepararse para una maratón: tres snacks de movimiento integrados en la jornada — al despertar, después de comer y al cerrar el día — son suficientes para activar ese efecto. Una caminata, las escaleras en lugar del ascensor, unas sentadillas entre reuniones, unos minutos de baile. Cualquier modalidad suma. Lo que importa es la acumulación, no la intensidad.

Sueño profundo. Durante el sueño profundo ocurren dos procesos clave de la salud cerebral: la consolidación de la memoria del día — el momento en que el cerebro decide qué conservar y qué descartar — y la activación del sistema glinfático, una red de limpieza que elimina los desechos metabólicos acumulados durante la vigilia, incluidas las proteínas asociadas al deterioro cognitivo. Sin sueño profundo suficiente, esa limpieza no ocurre. No hay atajo. La buena noticia es que responde rápido a intervenciones simples: una hora de corte digital antes de acostarse, temperatura fresca en el cuarto, un body scan antes de dormir, hora fija de despertar incluso en fin de semana. No es biohacking — es higiene básica del órgano que dirige tu empresa.

Fricción cognitiva deliberada. El cerebro no se deteriora por trabajar demasiado. Se deteriora por no trabajar lo suficiente en las tareas que le son propias. Escribir el borrador antes de pedirle a la IA que lo mejore, resolver el problema antes de consultarlo, leer el argumento completo antes de pedir el resumen. Cada una de esas decisiones es una repetición que mantiene en forma la corteza prefrontal. La deuda cognitiva no se acumula en un día — pero tampoco se paga en uno. La pregunta práctica no es cuánto usas la IA, sino cuántas veces al día le cedes al algoritmo una tarea que tu cerebro todavía podía hacer solo.

Conexión social real. Estar rodeado de personas no es lo mismo que conectar con ellas. Un líder puede tener doce horas de reuniones y terminar el día sin haber tenido una sola conversación que le exigiera escucha activa, desacuerdo genuino o presencia real. Ese tipo de intercambio — el que reta, el que obliga a pensar en tiempo real, el que no tiene guion — es exactamente el que el cerebro registra como estímulo social significativo. Las reuniones de agenda no cuentan. Las conversaciones que no puedes delegar, sí.

Control vascular activo. Dentro de los chequeos médicos de rutina, el colesterol LDL y la agudeza visual deben ser factores clave a mantener controlados. Dos variables silenciosas que la mayoría de ejecutivos revisa sin conectarlas todavía con lo que más importa: son intervenciones protectoras directas sobre la salud cerebral a largo plazo. En este protocolo, son los factores más fáciles de monitorear y los más frecuentemente subestimados.

IA como entrenador cognitivo, no como sustituto. La misma herramienta que produce deuda cognitiva cuando se usa pasivamente puede fortalecer el cerebro cuando se usa con intención. La diferencia no está en la tecnología — está en el protocolo de uso. Pídele a la IA que cuestione tu argumento antes de aceptarlo, no que lo construya por ti. Escribe tu análisis primero y úsala para encontrar los puntos ciegos. Cuando enfrentes una decisión compleja, formula tu posición antes de consultarla — y luego usa la respuesta para retarte, no para confirmarte. Usada así, la IA no reemplaza las repeticiones cognitivas — las multiplica. La pregunta que vale hacerse antes de cada interacción con la herramienta es simple: ¿estoy pensando con ella o estoy dejando de pensar por ella?

El declive cognitivo no llega de golpe. Se instala poco a poco, silenciosamente, mientras uno está ocupado siendo productivo.

Tu cerebro es el único activo que no tiene versión de reemplazo. El master plan empieza hoy — o no empieza.

Nos leemos en la próxima columna.

Por: Blanca Mery Sánchez
*La autora es máster en neurociencia aplicada al alto rendimiento y la felicidad, escritora, conferencista y directora de la compañía Mente Sana.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.

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