La dificultad radica en que una buena recomendación no se basa únicamente en la calidad objetiva de la obra. También debe llenar la expectativa placentera, emocionalmente significativa o relevante de quien pregunta. Entonces, ¿cómo recomendar?
Es común escuchar a los médicos quejarse de las consultas fuera del horario laboral, cuando alguien, sabiendo su profesión, se acerca a preguntar por algún dolor o síntoma inesperado. Esta situación no es exclusiva del campo de la salud: también los abogados, los ingenieros e incluso los profesores o críticos de cine enfrentamos este tipo de consultas informales. En mi caso, la más recurrente es: “¿me recomienda una buena película o serie?”
Lo que parece una pregunta inocente puede convertirse en un verdadero reto. El interlocutor espera una respuesta rápida, precisa, casi mágica, y aunque uno tenga cientos de títulos en la cabeza, la posibilidad de no acertar es alta. En esos momentos, la mente se vuelve un catálogo en desorden, tratando de cruzar en segundos títulos, públicos, estados de ánimo y contextos. No siempre sale bien.
Recomendar películas es parte de mi rutina y lo disfruto: desde los títulos que sugiero en clase, los contenidos que comparto en redes sociales, hasta las recomendaciones que colegas o amigos me piden para enriquecer sus proyectos. Y aunque podría parecer una tarea sencilla, cada solicitud implica una expectativa —a veces tácita, a veces explícita— que debe ser leída con rapidez e intuición.
Vivimos en una época de abundancia audiovisual. Plataformas de streaming, catálogos digitales y algoritmos que insisten en mostrarnos “lo que nos gusta” han generado una sobreoferta que, paradójicamente, invisibiliza muchos títulos valiosos. En este contexto, se hace cada vez más necesario recurrir a recomendaciones humanas, personalizadas, que sepan ir más allá de las tendencias o las decisiones automatizadas. Como indiqué en una columna anterior, esta época requiere más que nunca la figura de curadores de contenido que faciliten la toma de decisiones.
La dificultad radica en que una buena recomendación no se basa únicamente en la calidad objetiva de la obra. Quien pide una sugerencia no suele buscar lo mejor del cine mundial (Internet tiene muchas listas), sino una experiencia que le resulte placentera, relevante o emocionalmente significativa. Y eso no depende solo de la obra, sino del espectador.
Los gustos son subjetivos, variables y profundamente contextuales. A la solicitud de “recomiéndeme una película”, lo más sensato sería responder con otras preguntas: ¿qué te gusta?, ¿qué te emociona?, ¿qué esperas de una película esta noche? Solo así puede iniciarse esa búsqueda acelerada en nuestro archivo mental.
Una recomendación no puede ser una prescripción universal ni funciona con comodines repetidos. Requiere empatía, intuición y una lectura rápida del otro: sus gustos, su estado emocional, su experiencia con el cine. Si se trata de alguien que apenas conocemos, la tarea se complica aún más. Y surge la ansiedad del error: ¿estoy recomendando algo demasiado complejo para quien quiere algo ligero?, ¿estoy siendo demasiado básico para alguien que espera profundidad?
En este punto, resulta útil recordar la noción de capital cultural de Pierre Bourdieu. Él afirma que no todos compartimos el mismo marco de referencia para interpretar obras culturales y que eso afecta no solo lo que nos gusta, sino cómo clasificamos lo que es “bueno” o “malo”. En sus palabras: “el gusto clasifica y clasifica al que clasifica”. Una obra considerada excelente por un sector puede resultar incomprensible para otro.
Como el enólogo que sugiere un vino, el DJ que recomienda una canción o el financiero que propone una inversión, quien se dedica al cine debe tener conocimiento del campo, pero también sensibilidad hacia quien consulta. Una recomendación no es solo un acto de saber, es un acto de conexión. Requiere leer al otro para no ofrecerle un vino que no sepa apreciar o una apuesta demasiado arriesgada para su perfil.
El estudioso del cine no es un guardián del gusto universal, sino un mediador entre las obras y los públicos. Puede ofrecer recomendaciones generales basadas en criterios de calidad, pero cuando la petición es personalizada, se vuelve indispensable considerar las circunstancias, los referentes y las expectativas de quien pregunta.
La mejor experiencia sucede cuando encontramos a un espectador dispuesto y aventurero, con ganas de salir de su zona de confort y abierto a dejarse sorprender. Allí, incluso una recomendación inesperada puede convertirse en una experiencia transformadora. Y eso, más que el acierto exacto, es lo que vale la pena buscar.
Pd: Muy pronto haremos el lanzamiento de un nuevo podcast, Le tengo la película, que apunta directamente a lo tratado en esta columna.
Por: Jerónimo Rivera-Betancur*
*El autor es director del programa de Comunicación Audiovisual, Universidad de La Sabana.
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Colombia.
Lea también: Retos para la industria audiovisual colombiana en 2025
