Aunque su impacto pareciera limitarse a lo macro, en la actualidad son más evidentes los costos invisibles de la inacción en la lucha climática en microentornos, tanto a nivel organizacional como social. Productividad y reputación las primeras en riesgo.
Cada día que se aplaza la lucha contra el cambio climático, se hipoteca el futuro de todos. La encuesta Morgan Stanley Sustainable Signals 2025 reporta en su capítulo para Latinoamérica, que contó con la participación de 51 empresas de la región, que el 88% de los líderes considera que el cambio climático representará un riesgo para su modelo de negocio.
Sus temores no son injustificados, si se considera que esta región se caracteriza por su biodiversidad y ya ha enfrentado de primera mano las consecuencias de los eventos climáticos, como evidencia la misma encuesta, tales como presiones de costos (61%) o pérdida de ingresos (53%).
Gelca Gutiérrez Barranco, rectora de Areandina Valledupar, lo define como riesgo financiero ambiental. “Implica que una mala gestión de los recursos naturales, de los cuales disponemos, se traduce en pérdidas económicas que son directas y que toca cuantificarlas e incorporarlas a las estadísticas del sector empresarial”, acota.

Coincide en ello Laura Reyes, directora ejecutiva de Cempre y asesora del Comité de Basura Cero de Naciones Unidas, quien expresa que el cambio climático “es una realidad que condiciona la vida, la economía y los modelos productivos”. Por ende, no puede comprenderse como un fenómeno ajeno al tejido empresarial y social.
La investigación sobre esta relación causal, según referencia Jonathan Sánchez Rippe, especialista sectorial y corporativo en cambio climático y biodiversidad y colaborador de WWF Colombia, evidencia que existen riesgos financieros, operativos, legales y reputacionales asociados al cambio climático y que ponen en jaque la viabilidad de los negocios.
Se estima, cita Sánchez, que en la última década las pérdidas económicas anuales promedio por eventos meteorológicos extremos se incrementaron un 23%. De acuerdo con el especialista, los costos financieros asociados al clima pueden ser de distinta índole, como en salud, a raíz de enfermedades asociadas a la contaminación del aire o la mortalidad por calor o la reducción de la productividad y su gasto asociado por la exposición del equipo de trabajo a altas temperaturas, por mencionar algunos ejemplos.
También amenaza la disponibilidad de recursos que son fundamentales para diversas actividades económicas, como la industria de alimentos y bebidas, la construcción y la agricultura, comprometiendo al tejido empresarial y la economía en general.
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Reyes, de Cempre, sostiene que la acción climática tiene que ser una prioridad en las agendas de los empresarios. “Las decisiones estratégicas deben estar orientadas a minimizar la huella climática propia y la de la cadena de valor, no solo por responsabilidad local sino por su efecto acumulativo a escala global, lo que además reduce riesgos regulatorios y reputacionales y fortalece la capacidad operativa frente a impactos futuros”, agrega.
Y es que de no hacerlo, la reputación -uno de los principales y más valiosos activos de una empresa- se perjudica. La inacción climática expone a las organizaciones a riesgos legales y regulatorios, al punto de enfrentar litigios que las responsabilizan de contribución al agravamiento de la crisis climática o que les exijan la implementación de políticas más claras y efectivas para contener este fenómeno.
Lo anterior, a su vez, constituye un riesgo reputacional y de mercado. Un estudio referenciado por Sánchez reveló que una demanda climática puede provocar una caída promedio del 0,41% en el valor de las acciones y ascender al 1,5% si se resuelve con una decisión judicial negativa.
Por el contrario, las empresas que vean una oportunidad de innovación en la lucha climática van a ganar terreno en un mercado cada vez más regulado. Desde Cempre señalan que debe verse al clima como más que una amenaza y orientarse hacia la transformación empresarial, mediante la circularidad, diseño para la durabilidad, reducción de desperdicios y reutilización.

El valor a pagar en lo psicosocial
En la esfera privada que compete a cada persona es más complejo cuantificar los costos del cambio climático y describir sus consecuencias sobre el estado emocional; sin embargo, se ha profundizado en la investigación sobre la relación entre clima y salud mental, lo que ha permitido acuñar términos como eco-ansiedad y eco-duelo.
Hay estudios que asocian los desastres naturales con alteraciones negativas en el ánimo y altos niveles de estrés. Como adhiere Sánchez, esto se explica por otras secuelas de los eventos meteorológicos extremos, tales como la inseguridad alimentaria, el desplazamiento forzado, la pérdida humana y de medios de vida.
Gelca Gutiérrez, de Areandina, cuenta que en el Cesar, donde vive y ha visto cómo la economía minera desplaza a otras actividades, se puede observar de cerca cómo la crisis climática se traduce en enfermedades de la salud mental, en la urbanidad y en la ruralidad. Pero no afecta en la misma medida a las distintas poblaciones, por ejemplo, las comunidades indígenas perciben un impacto más directo, ya que interviene una noción de sustento e identidad.
Por un lado, hay señales de alerta de eco-ansiedad entre los jóvenes, que perciben como incierto su futuro y el del lugar que habitan; mientras que en las comunidades rurales se evidencia eco-duelo por la desaparición de prácticas agrícolas y culturales arraigadas al territorio.
Dichas afectaciones pueden ser individuales o colectivas, Sánchez comentó que una investigación encontró que los eventos de calor extremo del 2023 empeoró el sentimiento medido a través de redes sociales, en un récord del 53% por encima del promedio de referencia. En esa misma línea se habla de solastalgia, o la tristeza por la degradación del entorno, o del estrés crónico.
Gutiérrez señala que se ha avanzado en el reconocimiento de los costos psicosociales del cambio climático y la Organización Panamericana de la Salud ha documentado el nexo entre clima y salud mental como un tema clave en la agenda regional en 2025; no obstante, el reto es tomar acción para disminuir el costo invisible del cambio climático para la sociedad. “A pesar de que la investigación científica sobre la salud mental y el cambio climático ha aumentado un 210% desde 2016, la acción no sigue el mismo ritmo”, añade Sánchez.
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En Colombia se han establecido lineamientos en relación con el clima, la salud y vigilancia, pero hace falta ampliar la cobertura y fijarse por encima de las enfermedades físicas para atender a los efectos emocionales que se derivan del cambio climático. Allí hay espacio para profundizar en la salud pública y en el que la academia puede contribuir.
“Las universidades estamos llamadas a crear espacios de diálogo interdisciplinar, a desarrollar programas de apoyo psicosocial, proyectos de investigación aplicada que vinculen a los estudiantes, pero también a los jóvenes que no están en el sistema, a todos los actores de la sociedad que deben participar en la conversación en acciones concretas de sostenibilidad”, apunta Gutierrez.
La lucha climática es una batalla en la que se requieren todos los esfuerzos y todos los actores. Desde lo organizacional, asegura Reyes, de Cempre, “cuidar el clima y adaptar los modelos empresariales es una inversión estratégica para la resiliencia y competitividad. Actuar con urgencia y coherencia climática asegura la viabilidad económica y un entorno social estable”.
“El llamado es a entender que el costo del cambio climático tal vez no lo vemos de manera inmediata, pero sí es acumulativo”, Gelca Gutiérrez Barranco, rectora de Areandina Valledupar.
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