La deuda articula obligaciones que van más allá de lo monetario. Incluye también asuntos morales, históricos, psicológicos y hasta religiosos. ¿Por qué?
La deuda no es solo un asunto técnico-financiero, sino una institución moral, histórica y psicológica que moldea relaciones de poder y subjetividades. Desde perspectivas económicas (Mohieldin), antropológicas (Graeber), religiosas y psicoanalíticas, la deuda articula obligaciones que van más allá de lo monetario. Un liderazgo sostenible requiere comprender estas múltiples dimensiones para gestionar la deuda con justicia, legitimidad y visión transformadora.
En un mundo donde la deuda pública y privada supera con creces el valor de la producción global, hablar de “gestión de la deuda” suele remitir de inmediato a tecnicismos: ratios deuda/PIB, calendarios de vencimiento, diferenciales de tasas de interés. Sin embargo, reducir la deuda a cifras y fórmulas es ignorar su verdadera fuerza: la deuda es, ante todo, una institución moral y psicológica, con raíces milenarias en nuestra cultura y en nuestras subjetividades.
Desde las negociaciones globales sobre deuda soberana hasta las discusiones cotidianas sobre créditos personales, la deuda moldea comportamientos, jerarquías y decisiones. Para líderes políticos y empresariales, comprender esta dimensión ampliada no es un lujo intelectual: es una condición para ejercer un liderazgo sostenible en un contexto de crisis múltiples (financieras, climáticas y sociales) en el que las deudas no son solo económicas, sino también ecológicas, históricas y morales.
Economistas como Mahmoud Mohieldin, el es exvicepresidente del Banco Mundial, exdirector ejecutivo del Fondo Monetario Internacional (FMI), exministro de Hacienda de Egipto y enviado especial de la ONU para la Agenda 2030, han advertido que la sostenibilidad de la deuda depende tanto de la arquitectura financiera internacional como de las narrativas que legitiman quién debe a quién, y por qué. Por su parte, el antropólogo David Graeber (1961-2020) recordó que las sociedades humanas han organizado sus vínculos alrededor de obligaciones mutuas (no de mercados anónimos) desde mucho antes de que existiera el dinero. A esto se suman siglos de pensamiento teológico, filosófico y psicoanalítico que muestran cómo la deuda articula moral, justicia, culpa y deseo.
Hoy vamos a ampliar la mirada sobre la deuda, situándola en la intersección entre economía, cultura y subjetividad. Exploraremos cómo los líderes pueden gestionar la deuda de manera sostenible solo si reconocen su dimensión histórica, simbólica y psicológica. En otras palabras: no se trata solo de pagar, sino de comprender.
La deuda contemporánea: liderazgo económico y justicia global
En los foros internacionales, Mahmoud Mohieldin ha insistido en que la deuda no es simplemente un problema técnico de flujo de caja, sino una cuestión de justicia económica y de liderazgo global. Su experiencia como enviado especial de la ONU para la Agenda 2030 y exdirector ejecutivo del Banco Mundial le permite ver con claridad las fracturas estructurales que atraviesan el sistema financiero internacional.
Para Mohieldin, la deuda es un instrumento de desarrollo cuando permite financiar inversiones productivas, infraestructura sostenible o programas sociales. Sin embargo, se transforma en una trampa estructural cuando las condiciones externas (como las subidas abruptas de tasas internacionales, choques climáticos o pandemias) combinadas con marcos financieros injustos, obligan a países a destinar más recursos al servicio de su deuda que a la educación, la salud o la transición energética. En estos casos, la deuda deja de ser un mecanismo de progreso para convertirse en un estrangulador fiscal que compromete el bienestar presente y futuro.
Mohieldin diferencia claramente entre problemas de liquidez y problemas de solvencia. Esta distinción no es trivial: confundirlas ha llevado a aplicar soluciones equivocadas (como programas de austeridad indiscriminada) que agravan la desigualdad y erosionan la confianza social. Ejemplos recientes ilustran esta tensión. Ghana, cuya deuda externa superó el 100 % del PIB en 2022, destina hoy más al pago de intereses que a sectores sociales básicos. Egipto, por su parte, ha usado la deuda para financiar megaproyectos que modernizan su infraestructura, pero enfrenta vulnerabilidades externas que podrían convertir esa apuesta en una carga futura. Y en el caso de los pequeños Estados insulares, la deuda es consecuencia directa de crisis climáticas: huracanes y subida del nivel del mar obligan a endeudarse para reconstruir, perpetuando un ciclo injusto de vulnerabilidad y obligación.
Ante este panorama, Mohieldin propone un liderazgo internacional que combine transparencia fiscal, coordinación multilateral y reformas estructurales en los mecanismos de reestructuración y alivio de deuda. Esto implica reconocer que muchos de los marcos actuales, diseñados para economías desarrolladas, no reflejan las realidades ni las vulnerabilidades de los países del Sur Global. En su visión, el liderazgo efectivo en temas de deuda no se limita a equilibrar libros contables: requiere capacidad diplomática, sentido de equidad y visión sistémica para reconfigurar las reglas del juego financiero internacional.
David Graeber: la deuda como institución moral e histórica
Mientras las discusiones contemporáneas sobre deuda suelen estar dominadas por tecnócratas y organismos multilaterales, el antropólogo y activista David Graeber ofreció una perspectiva radicalmente distinta. En su obra Debt: The First 5,000 Years (2011), Graeber sostiene que la deuda es una de las instituciones sociales más antiguas de la humanidad, y que su función principal ha sido siempre moral y política, no económica. Contrario a la narrativa económica clásica, según la cual las sociedades habrían evolucionado desde el trueque hacia el dinero y luego el crédito, Graeber demuestra que el crédito y las relaciones de deuda precedieron al dinero. Más aún, identifica una dinámica cíclica en la historia: las sociedades alternan entre períodos de economías basadas en crédito y confianza social, y períodos de monetización y coerción. En los primeros, la deuda se regula mediante normas comunitarias y religiosas, con prácticas de condonación periódica (jubileos) para evitar que las obligaciones económicas destruyan el tejido social. En los segundos, la deuda se endurece, se vuelve exigible mediante la fuerza, y a menudo se asocia con esclavitud, tributos y expansión militar.
Este enfoque histórico desnaturaliza la idea de que “las deudas deben pagarse” como si se tratara de una ley universal. Graeber muestra que esta afirmación es una construcción cultural e histórica, utilizada en muchos contextos como mecanismo de poder. Para líderes contemporáneos, esta perspectiva implica una lección crucial: la deuda no es solo una herramienta financiera, sino un lenguaje de obligaciones que articula relaciones de poder, confianza y reciprocidad.
La deuda como concepto teológico y filosófico
En el Islam, la prohibición del interés (riba) responde a la misma intuición ética: la deuda no debe ser instrumento de opresión. La filosofía griega también vincula deuda y justicia. Para Platón y Aristóteles, la dikē representa un equilibrio cósmico: pagar deudas era restaurar la armonía del cosmos.
Mucho antes de que las hojas de cálculo dominaran las decisiones financieras, las civilizaciones ya hablaban de deuda en un lenguaje profundamente moral, religioso y filosófico. En la tradición judeocristiana, la deuda está directamente entrelazada con la noción de pecado. El Padre Nuestro pide a Dios: “perdona nuestras deudas (opheilēmata), así como nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mateo 6:12). El Año del Jubileo ordena cada 50 años la cancelación de deudas, la liberación de esclavos y la restitución de tierras, un recordatorio teológico de que ninguna deuda entre humanos puede volverse absoluta.
Nietzsche observa que en alemán las palabras “culpa” (Schuld) y “deuda” (Schulden) comparten la misma raíz. Para él, la moral de la culpa nace de las relaciones acreedor–deudor: el sujeto se convierte en deudor de Dios, generando una culpa infinita. Así, la deuda se convierte en una estructura interna de obediencia moral que perdura más allá de las transacciones económicas.
La deuda en la mente: culpa, deseo y subjetividad endeudada
La deuda no solo se inscribe en balances fiscales y contratos: también se graba en la psique individual y colectiva. Freud describió al superyó como un acreedor interno que administra la culpa inconsciente. Nietzsche mostró cómo la relación: acreedor–deudor se transforma en una estructura psicológica de culpabilidad. Lacan explicó cómo nacemos en una deuda simbólica con el lenguaje y el Otro.
Pensadores contemporáneos como Maurizio Lazzarato y Byung-Chul Han han demostrado cómo el neoliberalismo convierte la deuda en una tecnología de subjetivación: el individuo interioriza la lógica de la deuda, se autoexige, se autocastiga y se autoexplota. Esta subjetividad endeudada produce culpa crónica, ansiedad de rendimiento y obediencia sin coacción externa. Gestionar deuda hoy implica, por tanto, también gestionar emociones colectivas: culpa, vergüenza, miedo.
Liderazgo y sostenibilidad de la deuda: gestionar obligaciones visibles e invisibles
Si la deuda es, como hemos visto, un fenómeno económico, histórico, moral y psicológico, entonces liderarla y gestionarla sosteniblemente implica mucho más que saber renegociar bonos o equilibrar presupuestos. Requiere una visión ampliada capaz de reconocer las múltiples capas en las que opera la deuda.
Liderar sosteniblemente implica sentido histórico, inspiración ética, comprensión subjetiva y visión transformadora. La sostenibilidad de la deuda no depende únicamente de indicadores de solvencia, sino de su legitimidad moral y política. Un liderazgo posibilista no busca abolir la deuda, sino redefinir sus términos: quién debe a quién, por qué y con qué horizonte de justicia y sostenibilidad.
A manera de conclusión…
Hablar de deuda es hablar de historia, poder, moral y subjetividad. Desde las advertencias de Mahmoud Mohieldin hasta la genealogía profunda de David Graeber, pasando por las tradiciones religiosas, filosóficas y psicoanalíticas, emerge una verdad clara: la deuda es una institución total.
Enfrentar los desafíos contemporáneos exige un liderazgo capaz de leer en todas esas capas. No basta con dominar la técnica financiera; hace falta imaginación moral, conciencia histórica y sensibilidad psicológica. La deuda, en última instancia, es una narrativa compartida. Los líderes que marquen la diferencia serán aquellos que sepan contar una nueva historia sobre nuestras deudas, una que no paralice, sino que libere.
Por: María Alejandra Gonzalez-Perez
Twitter:@alegp1
*La autora es Jefe de la Maestría en Sostenibilidad de la Universidad EAFIT. Antes fue presidente para América Latina y El Caribe de la Academia de Negocios Internacionales (AIB). PhD en Negocios Internacionales y Responsabilidad Social Empresarial de la Universidad Nacional de Irlanda.
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