¿Qué es realmente un actor o una actriz? Quien ejerce esta profesión se entrena para interpretar todo tipo de personajes, usando no solo técnica, sino también intuición, talento y experiencias vitales. ¿Entonces en dónde quedan los creados con AI?
Las noticias sobre inteligencia artificial son tantas y tan frecuentes que ya casi se vuelven paisaje, pero muchas siguen generando controversia por sus implicaciones presentes y futuras. El 30 de septiembre fue presentada Tilly Norwood, una actriz creada con herramientas de IA por la empresa Xicoia. Su “debut” se dio en el Zurich Summit, como lanzamiento de una carrera ficticia con la que la compañía busca firmar contratos con agencias de modelaje y estudios audiovisuales.
El hecho suscito reacciones inmediatas en los gremios de actores (SAG-AFTRA), que manifestaron que Norwood no es una actriz, no tiene emociones reales ni experiencias de vida y que los productores que usen este tipo de recursos se verán obligados a cumplir con las mismas obligaciones contractuales que tienen con sus homólogos humanos ante el sindicato.
En una columna anterior (que pueden leer aquí) había comentado los riesgos de usar la IA para “mejorar” interpretaciones humanas, pero este caso plantea una pregunta más profunda: ¿qué es realmente un actor o una actriz? Quien ejerce esta profesión se entrena para interpretar todo tipo de personajes, usando no solo técnica, sino también intuición, talento y experiencias vitales.
Un actor generado por una máquina podrá imitar las actuaciones más notables del cine, pero seguirá siendo una copia, una síntesis capaz de hacer “como si” actuara. Puede parecer realista y simular emociones, pero difícilmente generará una conexión genuina con el espectador. Los personajes animados ofrecen una experiencia similar, aunque tienen la voz y la intención de actores reales. Los “actores artificiales” del futuro podrán realizar acciones complejas —como los dobles de riesgo digitales—, pero su campo será más técnico que artístico.
Paradójicamente, a los actores artificiales deberían oponerse los actores “naturales”, aunque este término suele usarse con prejuicio. Los intérpretes profesionales poseen herramientas para crear verdad escénica y emoción orgánica sin perder su equilibrio emocional. En cambio, los llamados “actores naturales” suelen ser no-actores: personas que se interpretan a sí mismas, con resultados desiguales. En el cine colombiano, esa práctica tiene raíces documentales y, en algunos casos, ha permitido formar nuevos talentos, pero la regla general es que la espontaneidad no sustituye la formación.
Así como hoy conocemos a una “actriz” robot que aspira a competir con los intérpretes reales, pronto podremos crear películas completas con algoritmos, combinando tramas, escenarios y rostros a la carta. La mayoría de esos experimentos serán olvidables, y quizás eso nos devuelva la atención a los productos hechos con rigor y sensibilidad humana. Los actores profesionales seguirán siendo indispensables para conectar emocionalmente con el público, porque solo las emociones vividas pueden generar empatía. Tal vez, frente al avance de la inteligencia artificial, asistamos al renacer de la experiencia teatral: el encuentro irrepetible entre personas de carne y hueso.
Por: Jerónimo Rivera-Betancur*
*El autor es director del programa de Comunicación Audiovisual, Universidad de La Sabana.
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